Así me trataron las enfermeras del Hospital San Pedro de Logroño

Así me trataron las enfermeras del Hospital San Pedro de Logroño

Pañales de contrabando, lentejas, sábanas mal dobladas, información cero y la sensación permanente de estar molestando, en lugar de la de estar recibiendo ayuda.

Vida Samuel Aneiros Samuel Aneiros 13 Abril 2015 18:07

Hace unos días ingresaron a mi hijo de año y medio. No os quiero aburrir con los pormenores de cómo se puso enfermo, como un padre histérico; baste decir que tenía gastroenteritis aguda, es decir nada grave. Cuando entró en Urgencias, llevaba dos días vomitando todo lo que comía y nueve horas sin beber ningún líquido. Le llevamos por miedo a la deshidratación, y le ingresaron en parte por el mismo miedo y en parte porque se había quedado muy justo de glucosa.

El procedimiento no podría ser más estándar. Le pones una vía intravenosa y le administras por ella suero, para tenerle hidratado y nutrido, y en el caso de mi niño antibiótico para tratar la infección que traía de casa en oídos y ojos. A medida que van pasando los días, vas probando a darle diferentes alimentos y líquidos. Cuando estás relativamente seguro de que come y bebe con normalidad, de que no le volverá la fiebre y de que la diarrea está mejorando, le quitas el suero y lo mandas para casa. Normalmente es cosa de dos-tres días en el hospital. Jon (que así se llama el peque) estuvo cinco, porque la primera vez que le quitaron el suero tuvo una pequeña recaída.

Es literalmente lo mínimo que se despacha en ingreso hospitalario.

El paciente en cuestión <3 "El paciente en cuestión <3"

Pero estas cosas sólo son leves en términos relativos. El niño no tenía nada grave, por suerte, pero allí estás. Cambiando veinte pañales al día, intentando que la piel del culete no le impida dormir de tan destrozada que la tiene, durmiendo tú mismo horas sueltas en una butaca, comiendo bocadillos de tortilla recalentados en microondas con patatas onduladas de bolsa y Kit Kat de postre, intentando ayudar a dormir a un nene asustado, enfermo y que tiene la curiosidad natural de toquetearse la vía, y forzándote a sonreír, evitar las lágrimas y decirle que todo va bien cuando vuelve a empezar a vomitar tras ochenta horas metido con él en esos veinte metros cuadrados. Desmayándote en una sala de espera de Urgencias a las 2 de la madrugada porque el crío te ha contagiado y tres horas de diarrea aguda te han dejado la tensión por los suelos, y despertar y pensar obsesivamente en que tienes que ponerte bien YA porque tienes que descansar ALGO porque en unas horas el niño se va a despertar y te necesita.

Es muy, muy duro. En particular si es la primera vez que tu hijo está en un hospital desde que nació, como en el caso de Jon.

Pero es lo que toca. Ese es el compromiso que adquieres cuando decides ser padre, o así lo veo yo. Para jugar con el niño, disfrutar de él bajo el sol del verano o hacerle cosquillas vale un primo, un tito o un amigo de la familia. Ser padre supone un tipo de satisfacciones y también de preocupaciones que van más allá, y que se retratan en momentos como este. Lo que para la familia indirecta es un simple "Jon está ingresado, nada grave" en Whatsapp, para tí es el peor momento del año, cinco días de ansiedad y cansancio acumulativos que se te antojan mes y medio. Es lo normal. Es lo que decides libremente asumir cuando tienes un hijo. "Va en el sueldo", que solía decir mi jefe.

Pero nadie me dijo en las clases de preparación al parto que "aguantar el desdén y el territorialismo barato del personal de enfermería del Hospital San Pedro de Logroño" era una parte esencial de ser papá.

1 El oscuro mundo del contrabando de pañales

La preocupación de las enfermeras por el orden y la cantidad de cosas que tuvimos en la habitación durante los cinco días que pasamos allí fueron lógicos, pero realmente molestos. Entiendo que es importante mantener las habitaciones habitables, pero llamar a una enfermera por el intercomunicador porque te parece que tu hijo tiene una fiebre preocupante y que lo primero que haga ésta al entrar en la habitación sea decirte que tienes demasiadas botellas de agua vacías o que tus zapatillas están en el suelo es desesperante. Tres de cada cinco veces que nos visitaban, las enfermeras nos regañaban como a niños pequeños respecto a cómo habíamos doblado las sábanas, cómo estábamos sentados en el sofá o si, cuando para nuestra inmensa alegría por fin Jon tuvo fuerzas para jugar un poco, había tres o cuatro juguetes por el suelo. Ni una pregunta sobre cómo estábamos tras dormir allí tres noches seguidas. Casi ni una pregunta sobre el ánimo del niño que no viniese de los pediatras.

Por cierto, volveremos a mis zapatillas más adelante.

El tema del material también tuvo tela. Jon estuvo con diarrea cuatro de los cinco días, y algunas de las noches fueron bastante horribles. En concreto la segunda noche hubo que cambiar al niño la friolera de catorce veces. Catorce cambios de pañal. En una noche. De nuevo, va en el contrato de padres, pero... no hubo forma humana de conseguir que ninguna de las enfermeras del hospital nos diese más de tres pañales cada vez. Salíamos, pedíamos más, explicábamos la situación, pedíamos que por favor nos diesen más para no tener que salir cada par de horas... y nada. 

Lo más gracioso fue que a la mañana siguiente, por una confusión, teníamos cinco pañales. Y la profesional que vino a tomarle la tensión decidió que eran demasiados y se llevó dos. Se llevó dos pañales. De la habitación de un niño con gastroenteritis aguda. 

No, miento. Lo más gracioso fue que, como los pañales del hospital son terriblemente malos, al día siguiente compramos un paquete de pañales decentes para tenerlos allí y llevamos los que nos habían sobrado a una enfermera. Y aún tuvimos que aguantar una risita de "hace falta ser tonto, por qué no te los quedas".

¿Es eso? ¿La gente roba pañales plásticos de mierda del hospital? ¿Hay algún tipo de contrabando de pañales que provocan dermatitis? ¿Un mercado negro que no me consta de plástico del malo que solo se consigue en los pañales de hospital?

2 Tu hijo es mayor para esto. Trust me, I'm not a doctor

En este clima de condescendencia absurda, alguna de las profesionales que nos atendieron se atrevieron a ir más allá. Cuando una de las primeras mañanas en que Jon estaba algo mejor le trajeron algo de desayunar, el menú era un colacao con galletas. Ya estábamos un poco cansados de lo que considerábamos una serie de errores en la alimentación que se le proporcionaba al niño, así que ni siquiera nos sorprendió tener que hacerle notar a la enfermera, aunque ya lo habíamos hecho constar, que Jon toma aún leche de fórmula. La señora se marchó con cara de contrariedad y volvió con un biberón correcto. 

"¿Todavía toma esto?", preguntó con el gesto torcido. 

"Si", contestó mi esposa. 

"¿Por qué? Es grande ya para la leche de vaca."

Se produjo un silencio algo incómodo.

"Porque lo dice su pediatra", respondió de nuevo mi mujer, pronunciando un tercio de signo de interrogación al final de la frase.

La señora se fue poco satisfecha, con esa actitud de "vosotros sabréis lo que hacéis" de quien sabe que sabe más que tú, de nuevo una postura innecesaria y, ante dos padres estresados y cansados, sencillamente dañina. 

El tema de la dieta fue una preocupación constante, porque parecíamos estar recibiendo exactamente el mismo menú con gastroenteritis que si el niño tuviera un brazo roto. Uno de los purés que le sirvieron al niño y éste rechazó se lo terminó comiendo Cristina, y le repitió a ella todo el día. A ella, con su sistema digestivo sano de 35 años. En otra ocasión le sirvieron directamente un puré de lentejas. La cara de la pediatra al descubrir este detalle fue un poema. Hablando de lo cual.

3 ¿No te gusta que le demos lentejas a tu hijo con diarrea? PUES VENDETTA

Apenas un par de horas después de hablar con la pediatra sobre el hecho de que le habían servido lentejas al niño, una enfermera vino a hacer algún comentario soberbio sobre botellas vacías o algo así, y de paso a informarnos de que ya no podíamos volver a dormir en la cama con él, un privilegio que desde la misma hora del ingreso nos habían dejado claro que sí teníamos. A partir de ese momento, el niño tendría que dormirse sin notar nuestro calor y cariño, y nosotros tendríamos que apañarnos con los dos sofás horribles con los que contaba la habitación.

Apenas un par de horas después de hablar con la pediatra sobre el hecho de que le habían servido lentejas al niño

4 Los probióticos ya tal

Cuando por fin conseguimos hacerle entender a alguien que Jon necesitaba cierta atención específica en cuanto a lo que comía, la pediatra recomendó también algún tipo de suero probiótico que ayudase a recuperar la flora intestinal del niño o alguna movida así. El niño empezó a recibirlos al día siguiente, cuatro comidas después. No sé si como despiste o como consecuencia de quejarnos de que le servían lentejas al niño, pero en fin.

5 Vengo a tomarle la tensión a esta cosa pequeña que no tengo ni idea de cómo tratar

La enfermera que tomó la tensión al peque por la mañana los últimos días era un caso aparte. No pretenderé jamás insinuar que las enfermeras de pediatría deberían ser necesariamente buenas con los niños, pero a esta señora le hubiera bastado con un capítulo o dos de SuperNanny para entender sus propios errores. Esta chica trató al niño de forma invasiva o incorrecta en varias ocasiones, pero os dejo aquí una transcripción de mi favorita.

/ le pone el tensiómetro

/ Jon empieza a llorar

"Lloooooora llora más fuerte, que seguro que el aparato termina antes. JAJAJAJAJA".

Adorable.

6 La Navaja de Occulpadelospadres

Otra de las sensaciones con las que tuvimos que lidiar fue la de que se nos culpaba de todo aquello de lo que era mínimamente plausible culparnos. Si el niño vomitaba nos preguntaban si le habíamos forzado a comer más allá de lo que le apetecía. Si el antibiótico no bajaba insinuaban que habíamos colocado mal al niño y bloqueado la vía. Si el niño tenía el culete excesivamente irritado nos preguntaban si estábamos dándole crema. Sin duda, si se hubieran quedado sin pañales nos habrían interrogado respecto al mercado negro.

Los tres siguientes incidentes son tres partes de un mismo incidente, mi anécdota favorita de la estancia.

7 ¡Enfermera, rápido, 70 centímetros cuadrados de papel transparente de envolver sandwiches!

A mitad de la estancia, cuando parecía que el niño empezaba a mejorar, volvió a empeorar. Mi mujer se había ido a casa a ducharse y dormir decentemente, y yo me quedé con Jon que ya parecía estar mejor y asumir comida. Le di la cena mientras él miraba Pocoyó en la tablet y yo reflexionaba sobre cómo hacerme de oro robando pañales horribles y vendiéndolos a personajes de dudosa catadura en los oscuros callejones de los suburbios de... Logroño. Desgraciadamente Jon vomitó todo lo que había cenado, con tan mala suerte que lo hizo directamente encima de su brazo derecho. El brazo derecho es en el que estaba la vía, que además del esparadrapo y los apósitos tenía inmovilizado con una especie de entablillado. Todo quedó empapado de vómito, junto con el pijama del crío y la cama. Inmediatamente usé el botón para llamar a las enfermeras, y aparecieron en seguida. 

"Dúchale", me dijo la que vino antes de marcharse sin más. "Nosotras cambiamos la cama y la vía".

Me llevé al crío a la ducha y le desnudé mientras intentaba calmarle a él y a mí mismo. Cuando lo tenía preparado, aparecieron otras dos chicas con el carro con el que pretendían cambiarle la vía, pero al ver el estado de la cama decidieron que era mejor esperar.

"Cuando cambien la cama volvemos y ya le cambiamos todo", me dijeron.

"Estupendo", respondí. "Una cosa, ¿puedo mojar esto?" dije, refiriéndome a todo el conjunto de la vía.

"No. Vamos a intentar salvarla. Le ponemos una bolsa o algo".

A continuación esta señora se fue hacia su carro de cosas, sacó un enorme rollo de film transparente y desenrolló un palmo y medio.

"Tira tú", me dijo.

No se si alguna vez habéis intentado sacar un trozo de film de un rollo normal en vuestra cocina, de pie y con las dos manos libres. Si es así sabréis que es una cosa engorrosa que tiende a adherirse a sí mismo y formar lo que se conoce científicamente como "un gurruñito". Bien, pues probad a hacerlo sentados en el suelo de un baño, con la mano dominante ocupada en mantener de pie y tranquilo a un niño asustado y desnudo. 

Decidí no decirle a aquella señora lo que estaba pensando, no me gusta decir tacos. Al fin y al cabo, solo sería un momento. Saqué el trozo como pude, se lo enrollé al niño en el brazo derecho y le duché con dificultad. Para cuando salimos del baño, dos enfermeras estaban ya cambiando la cama y haciendo observaciones mordaces sobre la cantidad de sábanas que teníamos para el sofá cama, que al parecer TAMBIÉN eran demasiadas.

Se marcharon, senté al niño en la cama y me senté frente a él a intentar distraerle del hecho de que debajo del film subía un olor asqueroso. Sólo serían unos minutos, me dije.

8 Las Converse asesinas

Las enfermeras tardaron cuarenta y cinco minutos. Cuarenta y cinco putos minutos.

Debéis entender mi estado en ese momento; llevo tres días maldurmiendo, estresadísimo y muy preocupado por mi hijo. Hace casi una hora se ha vomitado en una vía intravenosa. ¿Queréis saber hasta dónde llegan mis conocimientos sobre vías intravenosas? Sé tres cosas.

1.- existen

2.- sirven para meter líquidos en las venas

3.- habitualmente no están cubiertas de vómito

Sé que era un miedo irracional, pero en ese momento en mi cabeza mi hijo está pillando una infección a medida que el vómito cala en la gasa que protege la aguja o el tubo o lo que sea que le han puesto, bajo el calor de un plástico mal puesto que ahora no le puedo quitar. A medida que pasan los minutos me pongo más y más nervioso, y el esfuerzo que debo hacer para convencerme a mí mismo de que no hay peligro alguno y que si fuera urgente habrían venido ya es cada vez más complicado de afrontar sin empezar a cabalgar el oscuro caballo de la ira, que relincha tras la niebla negra de mi cansancio acumulado. Saco toda mi paciencia y espero sin más, jugando con Jon e intentando darle algo de normalidad al tema.

Por fin, las enfermeras entran. El alivio me recorre como una lluvia de verano, pero es interrumpido de inmediato por la misma señora que me dio el palmo de papel transparente hace ya casi una hora.

"Si dejas las zapatillas aquí nos podemos tropezar y hacernos daño", dice.

No se cómo lo hice para no reventar.

9 ¿Derecho a información? ¿Qué derecho a información?

Tras terminar de limpiar toda la zona y cambiarle la tablilla, las enfermeras dejan la habitación sin más. Como ha ocurrido toda la estancia y seguiría ocurriendo, no me dan la mínima información. Tras dormir a mi hijo una hora después, tengo que llamar yo mismo a la enfermera para que venga y preguntarle qué significa que mi hijo vuelva a vomitar tras 36 horas sin hacerlo. Tengo que preguntarle explícitamente si debería preocuparme para que me lo diga.

No tengo nada que decir respecto al trabajo sanitario de estas profesionales, como habréis observado, salvo quizá nuestras dudas respecto a la personalización de la dieta y algún detalle feo. En todo lo que tuvo que ver directamente con su trabajo de mantener a mi hijo sano y observado no me cabe el más mínimo indicio de duda de que hicieron una labor encomiable, y eso quiero que quede muy claro, del mismo modo que quiero que quede claro que entiendo que no están ahí para agradarme a mí. También sé que es un momento malo para la profesión, y que además es una profesión muy, muy dura.

Pero soy un ser humano. Soy un ser humano y estoy aquí y soy vulnerable y normal.

Independientemente de lo poco que cobren (una de las chicas llevaba una chapa que decía "Dignidad es Salario" o algún eslogan parecido), la rutina de turnos que lleven o los tontos con los que hubieran tenido que lidiar aquel día, todas las anécdotas que he contado ahí arriba tienen en común el hecho de que nosotros estábamos peor que ellas. No me importa el día que llevasen, el que tenía a un bebé ingresado en el hospital era yo. Yo estaba en una desventaja emocional en la que un porcentaje comparativamente pequeño de las profesionales que nos atendieron decidió que lo que necesitaba era empatía y amabilidad, mientras que una desesperanzadora mayoría decidió hacerme sentir como un intruso, como un invitado inesperado que quieres que se vaya. Durante los cinco días de la experiencia sentimos que a cada paso éramos una molestia para alguna enfermera. Si eso es necesario para obtener una atención médica de calidad que alguien venga y me lo explique.

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