La autodestrucción adolescente a través del cine

La autodestrucción adolescente a través del cine

Ya sea en el cine de ficción o el de no ficción, ¿cuáles son los límites a la hora de filmar a menores de edad?.

Cine Javier Parra Javier Parra 01 Diciembre 2017 18:41

El presente texto pretende realizar una visión acerca de cuáles son los límites a la hora de filmar a jóvenes y niños en situaciones que podrían ser consideradas como faltas de ética. A través de diferentes dispositivos como lo son el recreacional y el de denuncia, conoceremos dos casos cinematográficos, uno alrededor de la década de los 70 en Nueva York, y otro en el Moscú de 2004, que pese a mostrar en pantalla actitudes que bien podrían parecernos escandalosas, lo hacen cumpliendo una función que va más allá de la grabación de una película.

¿Cuáles son los límites a la hora de filmar?

El advenimiento de lo real en el cine es algo que muchos cineastas han tomado por bandera a la hora de llevar a cabo sus respectivas propuestas cinematográficas. Desde el documentalista cuya única finalidad es la de plasmar una realidad que quiere mostrar, hasta aquellos cineastas que optan por dotar de un cariz de realismo a sus producciones, ya sea bajo el yugo de una determinada doctrina (como por ejemplo lo fue el Dogma '95) o porque prefieren dejan fluir las situaciones para que se desprenda de ellas cierta veracidad para que esta sea captada por el objetivo de la cámara. Sea como fuere, no cabe discusión a la hora de afirmar que no hay nada que desprenda más autenticidad que la mirada de un niño, sin tener en cuenta a aquellos que son conscientes de lo que conlleva el representar un papel, sino que hacemos referencia a los que se dejan filmar tal cual son.

'Kids', de Larry Clark "'Kids', de Larry Clark"

La cuestión que en un primer momento iba a ser tratada en el presente ensayo era la visión de algunos autores sobre la adolescencia y el hecho de mostrarla sin tapujos, caminando a través de la delgada línea de lo políticamente incorrecto. Véase el caso de Larry Clark y Harmony Korine, cuya carrera comenzaba con 'Kids', el retrato de un grupo de adolescentes neoyorkinos que sobreviven en a los guetos y a la dura vida de la clase baja en la capital del mundo en plena histeria por la epidemia del VIH. Rodada con actores noveles que no habían actuado con anterioridad, sus protagonistas fueron descubiertos por el propio Clark mientras practicaban skating por las calles de la Gran Manzana. Si bien consideramos el film como uno de los grandes hitos cinematográficos en tanto en cuanto a traspasar las barreras de la transgresión, cabe decir que el debut de Clark (con guion escrito por Korine) sobrepasa ciertos límites de lo que bien podríamos considerar "moral".

¿Es lícito el rodar a niños consumiendo drogas con el mero fin de plasmarlo en pantalla? ¿Cuáles son los límites de lo ético para con el denominado cine del real? La incuestionable veracidad que desprende 'Kidses algo que pocos hoy en día podrán discutir más allá de lo que algunos consideran como un director "amoral".

Enfant terrible del nuevo cine de autor, la figura de Clark siempre ha ido acompañada de un aura de rebeldía, pues es él quien se atreve a filmar lo que hasta ahora no habíamos visto. Harmony Korine repetiría esquemas con su debut cinematográfico dos años después con 'Gummo' y grabaría a adolescentes consumiendo estupefacientes, malviviendo en casas que podrían pasar por vertederos y poniendo a la palestra a personas con discapacidad mental interpretando papeles harto sucios. Si bien aquí vuelve a primar una cuestión que puede ser tildada de "realismo sucio", hay que tener en cuenta que en el caso de las dos óperas primas reside un factor en común: gran parte de los protagonistas no eran actores, sino que se trataba de jóvenes con problemas reales que en lugar de interpretar un papel, se interpretan a ellos mismos.

'Gummo', de Harmony Korine "'Gummo', de Harmony Korine"

Son casos de cine de ficción, sí, pero estamos ante una realidad ficcionada más que ante una ficción surgida de la nada. Dicha cuestión es la que conlleva a ciertos planteamientos como el porqué de querer mostrar situaciones incómodas con la premisa de hacer un cine real. O el investigar acerca de cuál es el origen de esta tendencia y si ha tenido éxito más allá de los años 90 del pasado siglo.

Por lo referente al porqué y sin entrar en debates sobre ética y moral, cabe mencionar que, ante todo, prima el hecho de querer mostrar una realidad. Esta realidad será plasmada tal cual exista, sin importar que el director sea tachado de sensacionalista. Por lo referente a la segunda cuestión, la que gira entorno a la investigación, es la clave para enmarcar el presente escrito, pues las preguntas acerca del origen y el futuro de lo que parece haber sido una tendencia de finales del siglo XX, tienen respuesta en dos enclaves tan dispares como lo son Nueva York y Moscú.

Pasado y futuro. Capitalismo y comunismo. Niños y adolescentes. Cámaras de vídeo y el recuerdo de unas vidas reales. Pasado por el pequeño movimiento cinematográfico que se gestó durante la década de 1970 en los cineclubs de NY. Futuro porque décadas más tarde, al otro lado del charco, se repiten algunos esquemas muchos más precarios. Pero en ambos lugares existe la mirada de alguien dispuesta a plasmar la terrible realidad.

El primer caso del que se hablará será la propuesta llevada a cabo por Roger Larson, dueño de un famoso centro cultural que convirtió su sala en una suerte de taller de cine, donde los jóvenes que asistían a él pudieron rodar con libre albedrio y cómo de interesantes llegaron a ser algunas de estas propuestas. El segundo se entra en el caso de los denominados Niños de la estación de Leningradsky, niños sin hogar que sobreviven en las calles de Moscú y sobre quienes en 2004 se realizó un documental en formato de mediometraje con la intención de denunciar su situación.

Young Filmmakers

Fue en la edición 2011 de Punto de Vista - Festival Internacional de Cine Documental de Navarra cuando se dio a conocer para gran parte del público una de las iniciativas con más jugo del panorama de la contracultura neoyorkina de los setenta.

De la mano del crítico/programador/director Gabe Klinger llegó la selección de nueve cortometrajes programados dentro de un ciclo llamado "Young Filmmakers Rediscovered". Estos jóvenes directores no son otros que aquellos asistentes al cineclub que Rodger Larson durante las décadas de 1960 y 1970 en la calle Rivington de Nueva York, en el barrio de Lower East Side. Por aquel entonces, se trataba de un barrio lleno de conflictos, teniendo en cuenta que justo al norte se encuentra la calle Lowery, en la que, en palabras del propio Gabe "pasaban cosas peligrosas y extrañas en un barrio tan espantoso como maravilloso". Las peleas callejeras estaban a la orden del día y donde si eras adolescente, tenías muchas posibilidades de morir en un altercado pandillero o por abuso de estupefacientes. Los chavales asistentes al cineclub eran gente atormentada pero a su vez privilegiada por el hecho de vivir en un lugar tan proclive para la contracultura. Lo que algunos hoy denominarían como un ambiente bohemio, había sido lugar de inspiración para gente como Andy Warhol o Shirley Clarke.

Gracias a Larson se inició un movimiento de cine en la ciudad de Nueva York casi de forma inconsciente, pues los jóvenes aprendían a manejar cámaras y además les pagaban por ello. En sus filmaciones, que ya podían ser pequeñas ficciones o retratos de la realidad, su realidad, está presente la evasión a la que abrazaban unos chavales que, por pequeños periodos de tiempo olvidaban vivir en un gueto, dejaban a un lado el consumo de drogas (aunque no siempre era así) y sus complicadas vidas, algo que reflejan en sus películas, que no son más que una catarsis en la que poder expresar lo dura que resulta su existencia.

A día de hoy, se conoce que uno de esos jóvenes realizadores se sigue dedicando a la industria cinematográfica. Se trata de Michael Jacobsohn, montador y documentalista que sigue ejerciendo al igual que lo hacen otros tantos que hallaron trabajos técnicos y de producción en el mundo del cine. Pero si hay una figura que destaca entre todos esos adolescentes armados con cámaras de video es la de Alfonso Sánchez, Jr., cuyo paradero a día de hoy se desconoce, pero que realizó una de las propuestas que más tienen que ver con el tema que aquí nos preocupa.

The Potheads (Let's get nice)', de Alfonso Sánchez, Jr. "The Potheads (Let's get nice)', de Alfonso Sánchez, Jr."

'The Potheads (Let's get nice)' se trata de una pieza de apenas cinco minutos en la que se crea una utopía a través de la propia realidad vivida por Sánchez y sus compañeros, y en la que escenifica la realidad que le proporcionan las alucinaciones producidas por el consumo de marihuana. Con un montaje puramente amateur, uno de los aspectos más sorprendentes de la película es que consigue plasmar al cien por cien la visión nihilista del joven realizador. Rodada en una azotea, a través de una serie de primeros planos en los que se ve a algunos de los jóvenes fumando porros y que se intercalan con panorámicas de los edificios neoyorkinos, la bandera estadounidense y vistas al cielo, se consigue evocar el mundo real que nos quieren plasmar.

En esta ocasión queda más que claro que la discusión acerca de la moralidad o los límites éticos no tienen cabida, pues estamos ante un caso puramente real de la mirada adolescente. Tenemos a jóvenes con cámaras mostrándose al mundo tal y como son y diciendo cómo es su vida, y si las drogas forman parte de sus vidas, lo adaptan a sus videos sin ánimo de escandalizar o querer denunciar situación alguna.

Así pues, hallamos cierto aroma de lo que Larry Clark plasmó en 'Kids' en los títulos que se grabaron por las calles dos décadas atrás con la única diferencia que en aquellas eran los propios jóvenes quienes decidían cómo mostrar sus vidas, mientras que en la obra de Clark es él quien da las directrices (pese a dejar vía libre a la improvisación y respetando el carácter original de sus "actores") y decide qué es lo que se va a mostrar.

Esta visión no es sino la que abre de nuevo el debate acerca de si deben ser los adultos quienes intervengan y no quienes expongan a los más jóvenes, y aquí es donde entra la segunda experiencia.

'Los niños de la estación Leningradsky'

Dirigido por Andrzej Celinski y Hanna Polak, este estremecedor mediometraje de 35 minutos se construye en base a ser objeto de denuncia de la situación precaria que viven los niños sin techo que rondan una de las estaciones de Moscú, la de Leningradsky que da título al documental.

Conscientes de que viven apartados de la sociedad, se prestan a ser filmados por el objetivo de la cámara para contar los motivos por los cuales viven en la calle, motivo por el cual la mayoría coincide en un determinado factor: han huido de sus casas y de los yugos dominantes de progenitores que les maltrataban y/o eran alcohólicos, drogadictos e incluso abusaban de ellos. Conscientes de que si roban llevarán una mala vida, se dedican a pedir limosna y son conocedores de la turbia realidad en la que viven.

Acostumbrados a tratar con situaciones de prostitución y amenazados por un término que aterra oír por boca de un niño como pedofilia, no tienen reparos en contar a cámara las veces que algunos adultos les han hecho propuestas para que vendan sus cuerpos a cambio de dinero y de cómo se han negado, pues son sabedores de casos que han pasado a otros niños que, tras haberse ido con adultos, han sido contagiados de sífilis o por el VIH.

'Los niños de la estación Leningradsky', de Andrzej Celinski y Hanna Polak "'Los niños de la estación Leningradsky', de Andrzej Celinski y Hanna Polak"

La primera parte del documental se intenta crear una suerte de relato benefactor que cuenta como, a pesar de dormir en la calle o en las tuberías de agua caliente en invierno, mientras proclaman su libertad como vagabundos y son felices dedicando gran parte de su día a jugar, es en la segunda mitad cuando surge la duda de si estamos o no ante una muestra gratuita de puro sensacionalismo. Un gran porcentaje de estos niños huérfanos también son adictos a esnifar pegamento, algo que consideran dentro de la normalidad debido a su condición de mendigos. Mientras sueñan con vivir juntos en una gran casa o en un orfanato donde los profesores no les den palizas (tal y como algunos de ellos aseguran que sucede), algo que también hacen los policías y que incluso llegan a registrar las cámaras.

La violación y posterior estrangulamiento con una cuerda a una de las niñas en las cercanías de la estación, es lo que supone la total desolación, pues para cerrar el caso oímos como la propia policía acusa a algunos de los niños de haber cometido el crimen. El broche final llega cuando, finalmente, son los propios niños quienes culpan de su situación a la ciudad de Moscú, pues al llegar allí vieron truncados sus deseos de poder ir a la escuela, siendo Moscú la culpable de que hayan aprendido a fumar y se gasten el poco dinero que recogen en pegamento y vodka.

Hay varios aspectos a tener en cuenta en cuanto a la mirada en 'Los niños de la estación Leningradsky'. El primero de todos, es el carácter de denuncia que destila, presente en toda su duración. El segundo es el que más nos concierne, y es que una vez más vuelve a reflotar una cierta amoralidad por parte de sus directores, Celinski y Polak, quienes no escatiman a la hora de mostrar primeros planos de esos niños vagabundos esnifando pegamento. ¿Era realmente necesario para otorgar más carácter de denuncia el hecho de filmarles sin ningún tipo de censura? ¿O se trata una vez más de querer conseguir cierta notoriedad a base de sensacionalismo?

Queda claro que no estamos ante el mismo caso que el de las primeras producciones de Harmony Korine o Larry Clark (aunque este volviese a sus orígenes con 'The smell of us', su última producción), pues mientras aquellas se procuraban de retratar una realidad mediante un dispositivo de ficción alrededor, 'Los niños de la estación Leningradsky' es un golpe sobre la mesa para llamar la atención a un sistema corrupto que deja que los niños vivan y mueran en la calle. En cualquier caso y pese a su sensacionalismo, la mirada sobre la autodestrucción de estos niños y adolescentes dista mucho de ser la idealizada por los jóvenes del cineclub de Roger Larson.

Mientras que los neoyorkinos veían en las cámaras una forma de evadirse de la realidad siendo parte activa de sus producciones, los niños rusos son conscientes de su situación y no pueden hacer nada por arreglarlo, convirtiéndose en elementos pasivos del dispositivo de grabación.

Conclusiones

No hace falta decir que, tratándose de un tema tan delicado, el tema de la mirada es importante en tanto en cuanto cuál sea la finalidad con la que el dispositivo de registro se pone en marcha.

Si bien podemos considerar 'Kids' o 'Gummo' como ejemplos de lo establecido como amoral (sin tener en cuenta su aportación al cine de autor y al séptimo arte en general, pues es otro tema el que se pretende dilucidar), observamos que se trata de películas que marcaron cierta tendencia que ya se había puesto en marcha. La única diferencia es que en lugar de seguir teniendo "películas de adolescentes outsiders filmadas por adolescentes", tenemos "películas rodadas por adultos que filman sin prejuicios los problemas de los adolescentes". Entendiendo que se trataría de un debate harto extenso, podemos posicionarnos por lo referente al segundo y devastador ejemplo, pues considero que sin el marcado carácter sensacionalista que impregna 'Los niños de la estación Leningradsky', sería casi imposible dar fe de la atroz realidad que se vive en una de las visiones más descarnadas que se han realizado jamás sobre la autodestrucción adolescente.

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